El miedo de Elara actuó como un catalizador. Ya no pudo contener la presión en su pecho. Con un grito, extendió las manos y una ola de fuego ardiente estalló de su cuerpo. El hielo de la espada de Kaelen se evaporó al instante en una densa nube de vapor. El capitán retrocedió, cubriéndose el rostro con el antebrazo.
De repente, un crujido rompió el silencio del archivo. Elara cerró el libro de golpe, pero ya era tarde. El capitán de la Guardia de Hielo, un hombre de ojos grises y armadura plateada llamado Kaelen, estaba de pie en el umbral. Destino. El despertar del fuego - Sarah Rees Br...
Corrió a través de la noche eterna de Iliria, guiada por el calor antinatural que emanaba de su propio cuerpo y el mapa grabado en su memoria. Su destino eran las Montañas de Ceniza. El despertar del fuego en su interior acababa de comenzar, y con él, el destino de todo un reino helado estaba a punto de cambiar para siempre. El miedo de Elara actuó como un catalizador
—Ese sector está prohibido para los aprendices —dijo Kaelen, su voz fría como la escarcha. El hielo de la espada de Kaelen se
—No es lo que crees —suplicó Elara, retrocediendo hasta chocar con una estantería—. No quiero hacer daño a nadie. —Es una maldición, muchacha. Debes venir conmigo.
El miedo de Elara actuó como un catalizador. Ya no pudo contener la presión en su pecho. Con un grito, extendió las manos y una ola de fuego ardiente estalló de su cuerpo. El hielo de la espada de Kaelen se evaporó al instante en una densa nube de vapor. El capitán retrocedió, cubriéndose el rostro con el antebrazo.
De repente, un crujido rompió el silencio del archivo. Elara cerró el libro de golpe, pero ya era tarde. El capitán de la Guardia de Hielo, un hombre de ojos grises y armadura plateada llamado Kaelen, estaba de pie en el umbral.
Corrió a través de la noche eterna de Iliria, guiada por el calor antinatural que emanaba de su propio cuerpo y el mapa grabado en su memoria. Su destino eran las Montañas de Ceniza. El despertar del fuego en su interior acababa de comenzar, y con él, el destino de todo un reino helado estaba a punto de cambiar para siempre.
—Ese sector está prohibido para los aprendices —dijo Kaelen, su voz fría como la escarcha.
—No es lo que crees —suplicó Elara, retrocediendo hasta chocar con una estantería—. No quiero hacer daño a nadie. —Es una maldición, muchacha. Debes venir conmigo.