Todo cambió cuando conoció a Patrick y Sam en un partido de fútbol americano. Ellos no solo lo vieron; lo invitaron a entrar. "Bienvenido a la isla de los juguetes defectuosos", le dijo Patrick con una sonrisa cómplice.
Charlie no era un chico que ocupara mucho espacio. Prefería los rincones, las sombras de los pasillos y el silencio de su máquina de escribir. Para él, la vida era algo que se observaba desde la barrera, como una película en la que todos conocían sus líneas menos él.
En el momento en que atravesaron el túnel con Sam de pie en la parte trasera de la camioneta, sintiendo el viento y la ciudad iluminada, Charlie dejó de ser un espectador. En ese instante, rodeado de sus amigos y de una libertad nueva, finalmente lo sintió: .
